Cauce y mirada ‘In Vespa’

Es probable que Nanni Moretti pase a la historia del cine por su locuacidad. Muchas de las notas de su querido diario se han convertido en eslóganes que sirven tanto para afinar como para cuestionar el simulacro siempre esquivo del yo contemporáneo, Carodiario_Def1sobreexpuesto en esa primera persona parlanchina y ubérrima que lo compara de forma recurrente con Woody Allen.

Valga un ejemplo, la famosa parrafada sobre las mayorías y las minorías que le larga al principio de su película más conocida a un conductor con el que coincide en un semáforo:

“Sai cosa stavo pensando? Io stavo pensando una cosa molto triste: cioè che io, anche in una società più decente di questa, mi troverò sempre con una minoranza di persone. Ma non nel senso di quei film dove c’è un uomo e una donna che si odiano, si sbranano su un’isola deserta perché il regista non crede nelle persone. Io credo nelle persone, però non credo nella maggioranza delle persone: mi sa che mi troverò sempre a mio agio e d’accordo con una minoranza.”*

Sin embargo, para mí lo que más significa en Caro Diario no son las palabras, sino algo que tiene que ver con el rastro que dejan. Creo que lo que hace de ella —y muy en especial de su primer episodio— una película memorable es precisamente el cauce que las palabras apenas abren, retirándose luego, para invitarnos a mirar.

Escribió José Val del Omar (ya tardaba en salir Val del Omar en un blog sobre cine y poesía): “el hombre, los hombres / las mujeres son mirada”. Y si algo propone esa primera parte de Caro Diario, más allá de la autobiografía y la sonrisa, es la mirada compartida, la mirada del otro asumida como propia, encauzada hasta la disolución en un sujeto cómplice, común, anónimo.

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“In Vespa”, convertido ya en un clásico de las road movies urbanas, sigue una pauta reconocible: palabras que se abren y se retiran, música (rotunda, sin máscaras) e invitación a la mirada.

El desprejuicio incidental de los primeros temas musicales (suenan casi completos y seguidos Batonga de Angélique Kidjo, Didi de Cheb Khaled, I’m your Man de Leonard Cohen y Visa para un sueño de Juan Luis Guerra) nos guía emocionalmente por ese cauce que las palabras van abriendo para que la ciudad, sus calles, sus edificios —pero también sus ritos y sus personas, los transeúntes que de vez en cuando aparecen como secundarios extraviados en los amplios márgenes del ferragosto romano— , resbalen por los ojos con esa fluidez casi fantasmagórica que da el movimiento. Una cámara sigue el recorrido de una motocicleta, apropiándoselo. No hay más. El cine es eso. También y sobre todo es eso.

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Y esa reivindicación de la mirada culminará con el homenaje a Pasolini. La visita respetuosamente guiada por los descampados de Ostia, impregnados de una extrañeza familiar, tan ásperos o casi en ese verano de los 90 en el que se rodó Caro Diario como en el siniestro espacio que el imaginario colectivo guarda para aquella madrugada del 2 de noviembre de 1975. Solo una línea en el diario basta para presentarla: “No sé porqué pero nunca había estado en el lugar en el que fue asesinado Pasolini”. Solo el piano de Keith Jarrett basta para comentarla. Lo demás es mirada.

 

* “¿Sabe qué estaba pensando? Estaba pensando una cosa muy triste: que yo, incluso en una sociedad más decente que esta, coincidiré siempre con una minoría. Pero no en el sentido de aquella película en la que un hombre y una mujer que se odian se destrozan en una isla desierta porque el director no cree en las personas. Yo sí creo en las personas, pero no creo en la mayoría de las personas: sé que me encontraré siempre a gusto y de acuerdo con una minoría.”

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