Dos chicas de cine (palabra de Malamadre)

Estaba yo en mi celda leyendo el Financial Times, la nueva biblia del canalleo, cuando llama a la puerta Tachuela. Según cómo golpea sé lo que me va contar, pero aquella tarde en que vi claro por el periódico que o me doctoraba en economía política o me jubilaba de sirlero -a quién vas a atracar si lo único que te van a dar es pena- aquello sonó distinto, indescifrable.

Malamadre, tienes visita.

¿Yo visita? Pero si a mí no venía a verme nadie desde aquel día en que me pusieron enfrente al Calzones (sin premio, que ya le dieron bastantes en su día a la película), pobrecito el Juan que en Gloria esté.

Dos jais. Una morena y una rubia. Una más alta, otra menos alta que yo y más baja que la morena. “Una escalera en la que tú eres el rellano, desgraciao”, me dije.

Me las presentaron: la Señorita V y Laura. Ya estamos. Seguro que la Señorita V es una subsecretaria de cualquier cosa que me va a meter un embolao con la ayuda de la tal Laura, que será una abogada de oficio de esas que entras en el juzgado con una multa de tráfico y sales en el furgón de la pasma con más condena que unas bodas de plata.

Pero no. Tuve que jurar secreto para no desvelar la identidad de la V pero no venían a por mí, sino que venían por mí. Me lo explicaba Laura, asentía Ruiz y sonreía Bernal. LRB, madre y alma de la criatura. Más de un lustro sembrando, regando y viendo crecer esta especie única cuyos brotes ya comienzan a despuntar, seis años convirtiendo cada tristeza o alegría personal en un motivo más para trocar una ilusión de soñadora en realidad imprescindible de su vida.

Tenemos un proyecto de cine y nos gustaría mostrártelo.

Y me lo mostraron. Aquello era serio, un estudio bien elaborado, preciso y precioso, sin fantasias. Un golpe seguro en nuestro argot. Conversando, me convencí de que ellas eran inteligentes, imaginativas, profesionales, constantes y ambiciosas, que Laura era de las que no admiten el desfallecimiento ni el escepticismo y que a la Señorita V no le parece delito escapar de la mediocridad. Estaba claro que con ellas podría dejar mi celda a menudo para gozar de libertad.

¿Cine andaluz y cine español?, pregunté.

Sí, dijeron al unísono LRB y la Señorita V.

Cine and cine, vamos, murmuré.

¡Adjudicado, bienvenido socio!.

¡Pero bueno, qué capacidad de seducción! Y así fue como, con unas sonrisas por apretones de manos y unas miradas cálidas como abrazos, me convencieron de que si a partir de ese momento necesitaba rajar, yo que he hecho sietes preciosos con mi albaceteña, lo hiciera por escrito y de cine. Un honor. Hasta pronto en esta misma pantalla.

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